El maestro ejemplar

Por Carlos Alberto Giraldo M.

Los apuntes de Gabriel García Márquez sobre periodismo estaban guardados, bajo la llave de sus manos, en un lugar seguro: una libreta de periodista. Aquel taller al que asistí, en mayo de 1995, era el primero que dictaba después de más de cinco años de suspender sus lecciones de maestro en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba.

Decir que descubrí a un maestro ejemplar no es un lugar común. Cada secreto que aprendí con él sobre periodismo, y en especial sobre el reportaje, su género preferido, tenía un ejemplo en la experiencia vital. Si era sobre el “clavo caliente” que debe ser un primer párrafo, se sacaba de la manga la anécdota con Pablo VI, mientras ambos buscaban un botón de la sotana papal bajo una mesa gigante, en la sala de juntas del Vaticano. Si era sobre el final de las historias, que debe estimular una recordación omnipresente en el lector, citaba a Fidel Castro: “Gabo, esperaba que tu reportaje sobre Cuba en la guerra de Angola tuviera el poder de Cien años de soledad. Y así me quedó grabado”.

Mientras evitaba que la agriera hiciera erupción en su abdomen, y para espantar la pesadilla del estreñimiento, Gabo masticaba trozos de manzana que luego asentaba con jugos a base de soja que estaban servidos con puntualidad, a las 10:30 de la mañana, en la casona del periódico El Heraldo en el barrio El Prado, en Barranquilla. Pero su mejor terapia era lanzarnos alimento sobre el oficio a los once alumnos que adoptó celosamente por cinco días, como si se tratara de enseñarles a volar a sus pichones para que salieran a cazar historias.

La regla número uno de aquellas clases matinales fue prohibirnos grabar sus charlas. Quería evitarnos algún desliz de novatos emocionados con sus reflexiones sobre el mundo y sus personajes, pero buscaba, sobre todo, obligarnos a perpetuar el estilo de los viejos reporteros: con la libreta en la mano y los cinco sentidos puestos en las escenas vertiginosas y los protagonistas tenaces que suelen asaltarnos en las calles de la realidad.

En una semana aprendí, para toda la vida, las bases de un periodismo inspirado por las técnicas literarias, pero en especial por una sensibilidad y un rigor infaltables. Para Gabo, en la estética reposaba parte de la ética. Y la ética, a su vez, era ese bombillo rojo que titilaba pegado a la conciencia del reportero, para marcarle límites. Por eso Gabriel García Márquez, “el Maestro ejemplar de los ejemplos”, cambió sin reversa mi visión del oficio al enseñarme la fórmula de esa mezcla incorruptible, entre belleza y templanza, de la que surgen los mejores periodistas-escritores y sus reportajes, tan resistentes al tiempo.