Gabo y la alegría de vivir

Por: Gumersindo Lafuente

Tuve el privilegio de conocer a Gabo hace unos años en Cartagena de Indias, una de sus ciudades más amadas. “¡Español y periodista, hay cosas peores!”, exclamó burlón y afable cuando nos presentó Jaime Abello durante una comida. Esa misma noche, en la pequeña terraza de la sede de la FNPI ocurrió el milagro. El acordeón iniciaba los sones de un vallenato, la música tradicional de la costa Caribe colombiana, y allí estaba Gabo, cantando bajito todas las letras, bailando con buen paso todas las músicas.

Era un grande de la literatura, eso lo sabemos todos. Era un gigante del periodismo (“Mi primera y única vocación es el periodismo. Nunca empecé siendo periodista por casualidad –como muchas gentes- o por necesidad, o por azar, empecé siendo periodista, porque lo que quería era ser periodista”), un contador de historias reales que siempre desbordaban lo que pudiera fabricar la imaginación. Era, también, un hombre comprometido con la dura realidad de América Latina, que ahí permanece por mucho que los brillos de la macroeconomía se empeñen en ocultarla. Pero también y sobre todo era un gran gozador de la vida.