Lo mejor que podemos contar está en lo que vemos, más que en lo que decimos

Por: Ezequiel Martínez

Conocí a Gabo en la situación más perturbadora en la que un periodista puede cruzarse con un maestro del oficio: lo visité en mi condición de entrevistador. ¿Cómo registrar con fidelidad las palabras de alguien que renegaba de las grabadoras? ¿Cómo enfrentar con preguntas seguramente mediocres a quien años antes había titulado uno de sus artículos con un rotundo “¿Una entrevista? No, gracias.”

El encuentro de dos horas por reloj fue pautado para junio de 1994, en Cartagena de Indias. Yo era joven, inexperto, feliz e indocumentado. Pero estaba, como corresponde, paralizado por un susto atroz. Había preparado un cuestionario con una artillería de preguntas para varios días, que aun así me parecía insuficiente. Fueron innecesarias para todo lo que ocurrió después.

Gabo rompió el compromiso de una cita de 15 a 17, como había prometido, y en cambio preparó una escenografía feroz que se prolongó durante tres días. Fuimos a almorzar a un restaurante de la bahía de Cartagena, caminamos por las calles enredadas de la ciudad vieja, hizo una visita guiada por la casa que se estaba construyendo entonces frente al Convento de Santa Clara, paseamos en su automóvil mientras hacía de promotor turístico por los escenarios de sus novelas…

Me regaló la mejor entrevista que podría haberle hecho. Me enseñó, sobre el terreno y sin preaviso, que muchas veces lo mejor que podemos contar está en lo que vemos, más que en lo que decimos. Hoy observo las fotos de aquellos días –la informalidad de Gabo con su ropa de tenis; yo con una adolescente camiseta de Bugs Bunny–, y representan mejor que estos párrafos la huella imborrable de lo vivido: el encuentro entre un maestro del reportaje y su ocasional aprendiz de carpintería.