Periodismo adentro… camará

Por: Olga Lucía Lozano

Diez minutos antes de arrancar mi participación en el Festival de la Palabra en Argentina, alguien me dice que Gabriel García Márquez acaba de fallecer. Me lo dice asumiendo que lo sé, sin preámbulos, sin que medie un gesto que anuncie el desenlace de la frase o los puntos suspensivos que acaban de desencadenarse en la vida de todos aquellos que fuimos tocados por su obra, por su Fundación, pero sobre todo por su generosidad y amor por el periodismo.

Estoy allí, en medio de este salón poblado de caras desconocidas que quieren saber sobre el Proyecto Rosa, un trabajo que en 2013 recibió justamente el premio de periodismo Gabriel García Márquez en la categoría de Innovación. Estoy allí justamente gracias a él, gracias a que decidió crear una Fundación de Periodismo en la que muchos nos formamos a partir de talleres o, como en mi caso, a través de los espacios que compartimos con colegas iberoamericanos y en los que el oficio mismo y las reflexiones en tono a él por fin superan en protagonismo a los afanes diarios de nuestra labor.

Pero también porque este hombre hecho de letras e historias, decidió que lo que hacemos no requiere, como lo ha resaltado la FNPI en diversas convocatorias, solo ser bueno sino que se sepa y con ello nos convocó a crear, pensar y mejorar. Pero también nos abrió las puertas para que hombres y mujeres en diversos puntos del mundo conocieran historias que, de otra manera, solo hubieran tocado a un puñado de personas en nuestros países de origen.

Estoy allí en ese salón y pienso: ¿Quién dijo que Gabo murió? Si está en ese salón conmigo. No como una compañía ocasional, sino en el ADN periodístico que se nutrió de sus textos, de sus acciones y de su vocación de maestro. Está allí y está en todos aquellos que hemos pasado por la FNPI y que pasarán en el futuro. En las generaciones que, parodiando una frase del gran Amor en los Tiempos del Cólera, entendimos que crear también se aprende y se comparte. Gabo no ha muerto, que yo sepa. Es solo una frase de cajón que pretende indicar que se cambia de manera de estar.

Pues al final está en cada maestro de la Fundación, en cada integrante de esa casa y escuela de colegas y amigos, en cada periodista futuro que se junte para aprender, trabajar y discutir sobre lo qué somos y hacemos, y en cada uno de los premios que llevan su nombre y que al final son un enorme homenaje de este hombre a quienes, sin alcanzar su dimensión inmortal, intentamos cumplir con los compromisos éticos y profesionales que adquirimos cuando elegimos ser lo que somos. Gabo y su Fundación sobreviven y sobrevivirán, no solo gracias a este equipo de “gabistas periodistas” que defendemos y defenderemos su legado y lo heredaremos a quienes amen este oficio tanto como él, sino gracias a todos los que permitan que el periodismo sea un estado de alma.

Hace unos meses, una colega y amiga entrañable me contó que Gabo habría cambiado ser el autor de Cien Años de Soledad por ser el creador de la canción Plantación Adentro, autoría de Tite Curet. Ante mis ojos, ya su legado está allí, en las plantaciones de periodistas que germinamos en su Fundación.