Una lagrimita de más

Por: Juanita León

Hace más diez años, en un taller en México, Gabo no era la estrella. O por lo menos no en un inicio. Los diez jóvenes cronistas que estabamos allí queríamos oír al maestro Kapuscinski, al legendario reportero-poeta polaco que había encarnado y merecido la idea del periodista heróico. Gabo era su amigo, era su fundación y el taller era en México, donde él vivía. Así que apareció el primer día a darnos la bienvenida. Y se quedó los cinco días.

Al final, fuera de la sensación de ser la mujer con más suerte sobre el planeta por tener la oportunidad de escuchar a dos grandes del periodismo en el mismo instante, dos reflexiones de Gabo me acompañaron de ahí para adelante. La primera fue una pregunta.

El ejercicio del taller consistía en leer un texto del que estuvieramos orgullosos y analizarlo entre todos. Yo llevé un artículo que había escrito en Semana sobre cómo el miedo era el común denominador que unía a los colombianos. Contaba la anécdota de una señora en un matrimonio en Cali que, en la época de las pescas milagrosas, los secuestros de la María y del Kilómetro 18, cargaba con una maletica. Cuando le pregunté qué cargaba allí dijo que era su ‘kit de secuestro’: tenía un cepillo de dientes, una muda de ropa interior y un libro. Gabo oyó la historia, y me preguntó: ¿qué libro era? Yo lo miré aterrada. No se me había ocurrido preguntarle. Esas preguntas son las que hacen toda la diferencia, entendí por la sonrisa malosa de ‘Gabo’.

La segunda reflexión fue sobre la verdad. En algún momento del taller, ‘Gabo’ dijo que una “lagrimita de más” no hacía daño si eso ayudaba al lector a comprender mejor la realidad sobre la que uno estaba escribiendo. De alguna manera él lo había hecho en su magistral historia “Caracas sin agua” en la que el personaje central nunca existió. Yo acababa de terminar mi maestría en periodismo en Columbia, y totalmente adoctrinada por la ortodoxia gringa, me parecía que ‘Gabo’ se equivocaba. Y para colmo, ¡Kapuscinski lo secundaba!

Con los años, y luego de releer los textos periodísticos de ambos, esa reflexión sobre la “lagrimita de más” me sigue acompañando. Sigo convencida de que después del advenimiento de la television, el contrato entre el lector y el escritor cambió y todo lo que uno escriba debe ser verificable, sobre eso creo que no hay discusión. Pero, ¿es suficiente que todos los datos sean ciertos para que la historia refleje realmente la verdad de lo sucedido?

Entre más se aleja ese taller mágico de hace una década, más siento que hay algo que tengo que aprender de ese esfuerzo de Gabo de ir más allá de los hechos, de intentar ‘capturar’ la esencia de la realidad para lograr conmover a los lectores, para transmitirles la verdadera realidad. Quizás allí radica la superioridad de la literatura. O quizás el secreto de la fuerza de su periodismo está en su compromiso político, del que los periodistas –cada vez más asépticos- tratamos siempre de blindarnos para poder contar “la verdad”. O tal vez sea que simplemente era un genio y por eso uno todavía se acuerda de lo que debieron sentir los caraqueños el día en que se quedaron sin agua. Y no pueda evocar, en cambio, una sola imagen de nuestro Casanare sediento de hace unos pocos días.